CAPÍTULO 2 EL MUNDO ONÍRICO DE BLANCA

Capítulo 2

           EL MUNDO ONÍRICO DE BLANCA CAPÍTULO 2 Unos golpes suaves en la puerta terminaron de sacarla del duermevela en el que se encontraba en esos momentos.

–¡Señora!

–Pasa, María.

–Buenos días –dijo acercándole un teléfono que traía en la mano. La llama su hijo Andrés desde Londres.

Se incorporó y se quedó sentada en la cama. Se apoyó en el cabecero y lo cogió.

–Buenos días, hijo. ¿Cómo estás?

–Muy bien, mamá. Tengo un poco de prisa. Te llamo para decirte que el día de Navidad no podremos ir a comer con vosotros como habíamos acordado la semana pasada.

–¿Y eso, hijo? ¿Ocurre algo?

–No, mamá. Estate tranquila, simplemente que no podré estar esa semana en Vigo.

–Pero Andrés, yo ya lo tengo todo preparado…

–Lo siento, mamá, no es culpa mía, pero tenemos un nuevo cliente en la empresa y nos ha invitado a Gstaad, en Suiza, porque es un enamorado del esquí. Quiere que se firme el contrato después de esquiar ya que su mujer está allí y también tiene que firmar.

–¿Y no podéis firmarlo en otro momento que no sea en Navidad?

–Mamá, tengo prisa, me está esperando el coche. Te llamo esta noche y hablamos.

Como siempre Blanca se quedó con la palabra en la boca. Andrés era su hijo mayor, tenía 30 años y como ingeniero superior de Telecomunicaciones ya estaba desempeñando cargos de responsabilidad en la empresa para la que trabajaba. Estaba recién casado con Rita y vivían en Madrid en la calle Príncipe de Vergara, muy cerca de la iglesia de Santa Gema. Pero al igual que su marido Luis, Andrés era un hombre, serio y de pocas palabras.

Cuando María cerró la puerta de su habitación volvió a tumbarse encima de la cama. Entrecerró los ojos y dejó escapar algunas lágrimas, que se deslizaron hasta las orejas, de donde fueron retiradas con un suave movimiento de sus dedos.

Como todas las noches, esa noche los recuerdos de su cerebro y de su corazón la habían llevado al pasado, cuando había sido muy feliz y donde se quedó atrapado para siempre su gran amor.

De nuevo se incorporó en la cama y, tras calzarse unas zapatillas que tenía en él suelo, se dirigió al cuarto de baño que había en la habitación para arreglarse e ir a desayunar.

El espejo le devolvió su imagen, y con ella toda la tristeza y la amargura que se desprendían de ese hermoso rostro que ya tenía 53 años. Agarrada con las dos manos al mueble del espejo se quedó unos minutos mirando y observando aquel rostro, como si estuviese leyendo unos renglones imaginarios que le decían: ¡Blanca, recuerda, somos lo que pensamos, no lo que nos gustaría ser! Si quieres ser feliz tienes que ser más positiva y para eso tienes que cambiar de actitud.

Todos los días se hacía las mismas reflexiones y dos veces por semana iba a ver a su amiga y psicóloga Olga.

Cuando terminó de arreglarse, la expresión de su rostro ya no era la misma. Ahora no había tristeza en él. La palidez y las ojeras de la noche anterior habían desaparecido como por encanto, gracias al maquillaje. Ahora se veía ese rostro de facciones perfectas, de las que tan orgullosa se sentía.

Con los ánimos renovados fue hasta el vestidor y después de unos minutos por fin se decidió por la ropa que se pondría ese día.

A partir de entonces y hasta la noche se tenía que enfrentar a su vida real. Los sueños y los recuerdos quedaban para otro momento.

Se acercó al tocador y de un cajón sacó un par de pendientes y un collar de perlas negras que le había traído su marido Luis de uno de sus viajes como médico de la marina mercante.

Tenía cita con Olga a las 11 de la mañana. Como tenía tiempo de sobra, desayunó mientras le echaba una ojeada a El Faro de Vigo atrasado que aún estaba en la mesa del comedor. Un comentario sobre el viaje del ministro de Exteriores a Suiza la hizo volver a la conversación con Andrés.

Se quedó embarazada con 22 años, a los pocos meses de haberse casado con Luis. Fue uno de los acontecimientos más felices de su vida. Ahora estaría acompañada y entretenida las 24 horas del día, ya que, con Luis casi siempre embarcado, y con temporadas muy largas, se sentía muy sola, sobre todo por las noches, cuando contemplaba la mar. Esa mar le servía todas las noches para dormir de un tirón cuando, antes de irse a la cama, la contemplaba con la ventana abierta y se fumaba el último cigarrillo.

Andrés siempre fue un niño cariñoso, pero cambió de carácter cuando entró en la pubertad, con 10 o 11 años. Después en la adolescencia aún se acentuó más y pasó de ser un hijo muy afectivo y besucón a ser más desprendido, menos comunicativo y hablador, por lo que las relaciones con ella se distanciaron. Ya no estaba tan pendiente de agradarla y no le importaba verla sola, leyendo algo o viendo la televisión. Él iba a lo suyo, como si ella no existiese, como si no estuviese ahí por si la necesitaba.

La llamada de Andrés no la esperaba, pero tampoco le sorprendió mucho lo que le dijo. Solía hacerlo con mucha frecuencia y ella ya se había acostumbrado. En eso se parecía mucho a su padre. Los dos eran de los que decían una cosa, «Iremos, haremos, veremos», pero al final siempre cambiaban de parecer.

Quedaba una semana para Navidad y hacía otra que Luis la había llamado por teléfono desde Grecia para decirle que del 23 al 2 de enero estaría sin tener que embarcar de nuevo y que iría a casa para estar todos juntos esas fechas. Pero ella sabía, por experiencia de otros años, que esos planes de su marido nunca podían ser tomados muy en cuenta. Casi siempre aparecía un «algo» que los estropeaba.

Apretó el paso porque eran las once menos dos minutos y Olga ya la estaría esperando con una taza de café y el diván de la consulta preparados.

–Buenos días, Blanca. Olga ha dicho que pasaras cuando llegases.

–Gracias, Tuca.

–¿Cómo se encuentra hoy mi mejor amiga y mi mejor paciente?

–Tu mejor amiga y peor paciente está deseando perderte de vista como paciente.

–¡Venga ya! No puedes vivir sin mí y sin mis consejos, guapa.

–En serio, Olga, llevo viniendo casi dos años y sigo con la misma fijación de recordar continuamente mi pasado como cuando tenía 30 años.

–Vale, dame un beso, tomémonos un café y empecemos la sesión de hoy. Por como has entrado, presumo que va a ser algo calentita.

Las dos amigas se abrazaron sin parar de reírse a carcajadas por el comentario que acababa de hacer Olga.

Se conocieron en Santiago. Olga estaba en primero de Psicología y ella acababa de terminar primero de Enfermería. Coincidieron en un bar donde iban a comer, pues se sentaron en la misma mesa.

Olga se acercó a su mesa y le pregunto:

–¿Te importa que me siente contigo? Están todas las mesas ocupadas y no hay sitio.

–Para nada. Siéntate, así no estaré tan sola y no vendrá ningún niñato a molestar. Además, me encanta conocer a chicas nuevas. Llevo 10 meses aquí y tengo pocas amigas. Yo vivo en casa de una tía, hermana de mi madre, que se ha ido a vivir con su hija a Coruña y la ha dejado mientras termino la carrera, ya que en mi casa somos cinco hermanos y es imposible estudiar.

–¡Qué suerte! Yo vengo del pueblo y vivo de alquiler en una casucha de mala muerte, pero mi cuarto es grande. Me llega para meter mis cosas y mis libros, así que no me puedo quejar. Hay quienes están dos en la misma habitación y eso sí que es un palo, sobre todo si no se conocían de antes.

Mientras comían no pararon de hablar y hablar. Se contaron cosas de sus familias, de los estudios, de lo que harían esas navidades y de vivir independientes como estudiantes.

Blanca le habló de lo que hacía su padre, y de lo dura que era la mar. A su vez Olga le dijo que su padre era médico y su madre enfermera.

Estaban tomando el postre cuando Olga le soltó de sopetón:

–¿Quieres venirte a vivir conmigo a casa de mi tía?

A Blanca la pregunta la cogió por sorpresa y en un principio no supo cómo reaccionar ante la propuesta de su recién conocida.

–Bueno, veras, es que yo no puedo pagar mucho de casa y en la que estoy la verdad es que pago poco.

–¿Puedes pagar 75 pesetas de agua y luz?

–Sí, claro. Eso es más o menos lo que pago además del alquiler.

–Pues hecho. Te vienes conmigo.

–Pero Olga…

Ni peros ni peras. El sábado hacemos tu mudanza.

–Espera, espera. ¿Cuánto tendré que pagar del alquiler?

–Deja que lo piense… Ya está: cero pesetas.

–¿Qué?

–Eso, cero pesetas. Mi tía me ha dejado la casa con la única condición de que se la cuide, se la limpie y que yo pague el agua y la luz que consuma.

Blanca no salía de su asombro. Estaba feliz por la noticia que iba a darle a su padre. Los gastos de alojamiento ya no serían una carga para su precaria economía.

Ese día había nacido un lazo de amistad entre ambas que ni los malos momentos ni el tiempo habían podido romper.

Se recostó sobre el diván dispuesta a aceptar todo lo que su amiga le pidiese que hiciese o que contase.

–Cuéntame cómo te encuentras y qué es lo que sientes.

–Físicamente me encuentro de maravilla y la cabeza, bueno… Tú ya lo sabes. Tengo la impresión de que soy dos personas. Durante el día la soledad me puede. Me da miedo pensar en mi presente, que está vacío de afectos y de sentimientos positivos, porque tal como lo vivo y veo no tengo ningún estímulo para ver por lo menos un signo de esa positividad que dices que necesito para ir cambiando poco a poco mi mente, y con ello mi autoestima.

¿Qué soy para los míos? ¿La chacha que les plancha la ropa y se la mete bien dobladita en los cajones? ¿La cocinera que les hace la comida para que se las lleven en táper a sus casas? ¿La esclava que limpia las borracheras nocturnas esparcidas por la pila del fregadero o en el cuarto de baño? ¿La muñeca inflable que se usa cuando se viene harto de acostarse con otras mujeres durante meses y meses de estar fuera de casa? ¿La secretaría mal pagada y peor agradecida que tiene que dar cuentas hasta de la última peseta que se gasta en la administración de la casa? Dime, Olga, ¿quién soy? Yo te diré quién soy, amiga.

» Soy esa persona que por las noches me acuesto rezando para que vuelvan a mí los recuerdos de mi juventud, porque, aunque haya habidos momentos malos como es inevitable, podía decir que era inmensamente feliz hasta los 27 o 28 años. En mis sueños soy un ser querido, respetado, deseado. Siento las caricias, los besos, los susurros y eso me hace feliz. Vuelven a despertar en mí los instintos más sensuales, los instintos de desear que te posean y de poseer sexualmente al ser amado. Es entonces, Olga, cuando vuelvo a sentirme un ser humano, una mujer atractiva, deseada y apasionada.

Blanca dejó de hablar. Se sumergió en una especie de letargo y su cara se relajó. Los puños apretados por la rabia mientras hablaban se aflojaron, se relajaron, y un color rosado volvió a sus nudillos. Estaba rendida y se entregó a lo único que le hacía feliz en esta vida. Se entregó a ese concepto al que Olga hacía ya tiempo le había puesto nombre: el mundo onírico de Blanca.

Olga dejó que su amiga se tranquilizase un poco y esperó a que su respiración fuese normal.

–¿Cómo te sientes, Blanca? –le preguntó apartándole un mechón de pelos que cubría uno de sus ojos.

–Creo que hoy he explotado de verdad y he dejado claro qué pienso de mi actual vida, ¿no?

–Por fin te has sincerado contigo misma y has reconocido lo que no te deja ser feliz. Hasta ahora me has intentado hacer creer que tu problema era que no podías ser feliz por culpa de tus recuerdos y hoy en tu arrebato de cólera lo que demuestras es que, aun queriendo ser feliz en el presente, los comportamientos de las personas a las que quieres no te lo permiten. En vez de enfrentarte de verdad con estos problemas y buscarles solución prefieres refugiarte en un pasado donde estos problemas no existían. ¿Me comprendes?

–Te comprendo. Hoy he visto claro lo que tantas veces me has repetido: «El que se empeña en vivir de los recuerdos del pasado, nunca podrá disfrutar del presente. Y sin un presente que vivir es imposible que exista un futuro». Son unas verdades que no tienen discusión posible, pero, aun aceptándolas, ¿qué tengo que hacer para ponerlas en práctica?

–De momento confórmate con lo que ha ocurrido hoy y tenlo presente en tu mente, ya que ha sido muy positivo y eso es lo que cuenta. A partir de ahora, piensa que quieres disfrutar del presente. Solo el pensarlo con insistencia hará que tu propia mente, tu subconsciente, se ponga en marcha para buscar la solución. Pero tienes que creértelo. Si lo consigues creo que podrás empezar a pensar que a tus 53 años aún se puede ser muy feliz y tener objetivos maravillosos por los que luchar para alcanzar esa felicidad que tanto echas de menos y buscas en tu pasado. ¿De acuerdo?

–Hoy, por lo menos, y ya es mucho, has logrado que me vaya con algo de esperanza en el corazón. Te prometo que pensaré en todo lo que me has dicho.

Como era su costumbre desde la época de estudiantes, se despidieron. Ambas chocaron sus manos derechas cerradas en forma de puño con los pulgares hacia arriba. Cuando se les preguntaba qué significaba ese saludo, las dos al unísono respondían: «Ok, todo va como tiene que ir».

Después de comer con unas amigas en un centro comercial y comprar objetos decorativos para las navidades, como era un poco pronto se dio una vuelta por el Náutico y se perdió entre los barcos como siempre hacía. Hoy su imaginación, mientras paseaba, la llevó hasta el trasatlántico en el que Luis era el médico de a bordo. Se lo imaginó con 29 años, como cuando era capaz de emocionarse con su sola presencia.

Caminaba despacio, con las manos metidas en los bolsillos del tres cuartos marrón que llevaba. Hacía frío y empezaba a levantarse la niebla mientras el sol se iba escondiendo rápidamente por detrás del Monte Ferro. Su visión le recordó el día en que ella y Yago fueron a comer a Baiona y él  le  preguntó si quería ver unas vistas impresionantes.

–Me encantaría.

–Pues pararemos en Monte Ferro.

–¿Vamos a subir a un monte?

–No, cielo. Monte Ferro es una franja de terreno que se mete en el mar, o sea, una península de unas 100 hectáreas y que está unos 150 metros sobre el nivel del mar. Es muy bonito y tiene muchos eucaliptos y pinos. Justo en la parte más alta se levanta un monumento de granito dedicado a la Virgen del Carmen, que como sabes es la patrona de los marineros. A este monumento también se le conoce con el nombre de Monumento de la Marina Universal o Monumento a los Mártires del Mar. Fue un día maravilloso, lleno de magia y amor.

 

Colgó el chaquetón en el armario de la entrada y se dirigió a su cuarto para dejar los pendientes y el collar que llevaba, en el cajón de la cómoda. Al mover unos pañuelos, en el trasfondo del cajón, vio su llavero, el llavero que le hizo su padre forrando una pelotita de futbolín con una fina cuerda de algodón blanco que terminaba en un nudo de as de guía que permitía colgar dos llaveros por separado.

Una de las gazas (lazo) tenía colgada de una anilla una réplica en miniatura de la llave del portón de la casa de sus padres, que le regalaron cuando cumplió 6 años. La otra sujetaba dos candados pequeños de oro con sendas llaves también de oro. Alargó temblorosa la mano, lo cogió y se lo llevó a los labios. Lo apretó contra su corazón al tiempo que con un susurro decía:

–Os quiero y siempre os querré. Antes de ponerlo otra vez en su sitio, besó de nuevo el candado y volvió a susurrar–: Siempre contigo mi amor, hasta que la muerte vuelva a unirnos. Te amo, Yago.

Alguien gritó desde la entrada:

–Ya estoy aquí. ¿Hay alguien en casa?

–Laura, estoy aquí, cariño.

Aún tenía el llavero en la mano cuando Laura entró como un torbellino y le dio dos besos.

–Mamá, mamá, soy muy feliz.

Al apartarse de ella Laura se fijó en el llavero. La agarró con suavidad por las muñecas dijo:

–Entiendo que sigas locamente enamorada de él. Ojalá yo supiera amar como tú. Pero mamá, hace más de 35 años que murió. ¿No crees que ya va siendo hora de que vuelvas a ser feliz?

Se quedó callada recordando la sesión con Olga.

–Tienes razón, cariño. Ya va siendo hora de salir del pasado para poder vivir el presente, donde por lo menos te tengo a ti.

–Mamá, nos tienes a todos. Papá y Andrés también te quieren, aunque lo demuestren poco.

–Tú sabes que tu padre es «un bala perdida» y que tiene un lío en cada puerto. Solo viene a casa cuando le apetece descansar del mar. Pero ¿a qué viene? ¿A estar conmigo? No, hija, viene a estar con sus amigos, a irse todos los días con cualquier pretexto. Viene para ir por las noches a cenar por ahí y luego echar unas partiditas al casino. Viene para salir de pesca. No te engañes, hija. ¿Se preocupa siquiera de hablar contigo y de saber cómo te va?

El mes pasado sin ir más lejos te preguntó qué estabas estudiando. No sabe que ya tienes 28 años y que eres azafata de congresos.

Laura le dio la razón a su madre y juntas se fueron a la cocina para prepararse la cena. Ese día era un tazón de caldo gallego que había sobrado el día anterior y una tortilla de patatas.

Laura estaba pelando las patatas, canturreando una muñeira, cuando su madre le preguntó por qué estaba tan feliz.

–Mami, creo que estoy enamorada.

–¿Otra vez, hija?

–Sí, mamá, pero esta vez va en serio.

–Como todas las anteriores, cielo.

–No, mamá. Manolo quiere presentarme a sus padres.

–Pero, hija, si solo hace cuatro meses que estáis juntos.

–Es igual, mamá. Esta vez siento algo que no había sentido con ninguno, por eso estoy tan segura. Creo que es parecido a lo que tú me has contado que sentiste la primera vez que cruzasteis vuestras miradas Yago y tú.

Laura había tenido ya por lo menos una docena de amores, pero Blanca se dio cuenta de que con Manolo la cosa podía ir en serio, si no Laura no se hubiese atrevido a mencionar a Yago.

–Si es así, no sabes lo feliz que me haces. Estaba deseando verte sentar la cabeza con un hombre que te merezca, que te quiera y que te respete.

–Sí, mamá, me quiere y me respeta. Lo más importante es que me lo demuestra cada día. ¿Te importaría que estas navidades no las pase con vosotros? Manolo quiere presentármelos en Nochebuena.

Con la excusa de poner la mesa Blanca se giró y cogió los cubiertos del cajón. No quería que su hija viese que se le empañaba la mirada. Tosió un poco para que en su voz no se notase la tristeza y contestó:

–Claro que no me importa, tesoro. Estaré bien acompañada con tu padre, Andrés y Rita. –En ese momento no quiso decirle que su hermano había llamado para comunicar que no podían venir.

Durante la cena, que se alargó hasta las 11, estuvieron hablando de los futuros proyectos que tenían Laura y Manolo.

Por primera vez su hija le abría el corazón de par en par y la hacía partícipe de su alegría, sin darse cuenta que esa alegría llevaba implícita la separación de su madre, o por lo menos la salida de su casa para irse a vivir su vida. Pero en esos momentos de entusiasmo no pensó en si esa separación afectaría emocionalmente a su madre.

Andrés no la llamó por la noche como le había dicho por la mañana.

Había tenido un día intenso, lleno de emociones, y estaba cansada, por lo que decidió acostarse.

Mientras se quitaba el maquillaje y se daba una ducha, los acontecimientos del día pasaron por su mente como fotogramas de una película a cámara lenta: la llamada de Andrés, la visita a Olga, los propósitos de empezar a vivir el presente, su encuentro con el llavero, las noticias de Laura, todo iba y venía muy despacio. Emociones y sentimientos se mezclaban cuando se metió en la cama y apagó la luz. Hoy no tenía ganas de leer como cada noche.

Quería quedarse dormida y levantarse con el propósito de empezar a disfrutar de su realidad actual. Quería ser feliz, quería estar otra vez enamorada de Luis y disfrutar de la vida… Andrés no va a venir… Laura pronto me dejará… Tengo ganas de besar el llavero… el llavero… el llavero… Te amo, Yago.

La casa estaba en silencio y en su dormitorio el suave ruido de su acompasada respiración indicaba que había entrado en un plácido y profundo sueño.

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Un abrazo

Paco.

 

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