CAPÍTULO 3º EL MUNDO ONÍRICO DE BLANCA

CAPÍTULO 3º EL MUNDO ONÍRICO DE BLANCA

Capítulo 3

      Cuando Blanca entró por la puerta del bar Poniente el agua de la lluvia le resbalaba por la cara.

–Yago vociferó Manuel desde el otro extremo de la barra, tráeme una toalla limpia del baño. Rápido, la necesito.

A los pocos segundos, Yago le acercaba la toalla a su jefe y tío.

–Déjasela a Blanca, la chica de la mesa de la esquina. Viene empapada.

El muchacho, siguiendo órdenes, salió de la barra y se acercó a ella.

–Manuel me ha pedido que te traiga una toalla para que te seques la cara y el pelo.

Ella dejó el cigarrillo que estaba liando y levantó la mirada hasta el joven. Por segunda vez ese día unos ojos rubios la miraban fijamente. Las manos le temblaron y el papel de fumar y el tabaco acabaron esparcidos por la mesa.

–Hola, soy Yago. Toma, sécate, estás empanada… Perdón, empapada. La voz le temblaba y no era capaz de soltar la toalla que la chica ya tenía entre sus manos.

–Yo soy Blanca respondió ella también con voz entrecortada. Levantándose casi de un salto tiró la silla al suelo. Gracias eres muy amable…

–Yago, me llamo Yago. Ya te lo había dicho.

–Perdona, perdona, no me di cuenta. Estaba absorta liándome un pitillo.

–No pasa nada. Encantado, Blanca.

–Yo también estoy encantada, Yago.

–A parte de estar los dos encantados, ¿quieres que te traiga algo? Yo invito, a cambio de ese pitillo que he hecho que se te cayese.

–No has tenido la culpa. ¿Puedes traerme un café con leche muy caliente? Estoy helada, fuera hace un frío que pela.

–Marchando un caliente muy café para esta chica que está muy fría y quiere calentarse gritó desde la mesa hacia la barra.

Una enorme carcajada se escuchó dentro del bar. Yago le pregunto:

–¿De qué se ríen?

No, de nada. Solo que les hace gracia tu comanda.

–He pedido lo que tú me has pedido.

–Sí, ya. Yo te he pedido un café muy caliente porque estaba helada.

–Y yo lo he pedido.

–Sí, pero lo has adornado de tal manera que les ha hecho muy gracia.

–¿Qué he dicho?

–«Marchando un caliente muy café para esta chica que está muy fría y quiere calentarse».

–¡No! Los mofletes de la cara empezaron a ponérsele rojos y más rojos, de la vergüenza que estaba pasando.

Entonces Manuel gritó:

–Chaval, tu café caliente para que metas en calor a tu bella dama.

Ahora las carcajadas eran atronadoras y duraron un buen rato porque cada vez que disminuían saltaba algún comentario.

–Cuidado, chaval, no la calientes mucho que están aquí su padre y su hermano y estos te pueden calentar a ti también.

–Guapito, cuidado no te quemes, es mucha hembra para ti.

–Yago no quiero tener que dejar de ser tu amigo si quemas a mi hermana, así que «asosiégate, rapaz» le gritó Jon-Jon desde el fondo.

Ahora las carcajadas iban acompañadas de palmadas sonoras sobre las mesas de madera.

La broma duró más de 15 minutos y cuando todos estaban más o menos calmados, Blanca gritó:

–¿Dónde está ese café caliente que me iba a quitar el frío? Sigo estando helada.

Poco a poco y gracias a la broma, Blanca había podido controlar sus emociones. Dejó de sentir que le quemaba la mano al estrechar la suya cuando ambos se presentaron. Su corazón dejó de latir como si fuese un tambor y su respiración volvió a la normalidad.

¿Qué había pasado? Miró a la barra y allí estaba él preparándole el café, mientras hacía chocar taza y plato por culpa del temblor que había aparecido en su mano y que no era capaz de controlar.

Las 17 personas que estaban en el bar acercaron unas mesas a la de la chica y se sentaron junto a ella para seguir riendo y gastando bromas sobre lo que había ocurrido. Todos no. Jon-Jon después de acercarle el café, estaba charlando amigablemente con Yago, sentado en un taburete alto de la barra.

Entre risas y bromas se hizo la hora de comer y los parroquianos del bar empezaron a desfilar para irse a sus casas.

–Os espero en casa, hijos.

–Vale, padre. Dentro de media hora iremos a comer.

–Yo comeré antes. Estoy cansado y me echaré un rato.

–¿Quieres que vaya contigo, papá?

–Tranquila hija. Venid cuando queráis. Os dejaré la mesa puesta y la comida en el horno.

Blanca se despidió de su padre con un beso en la frente y fue directa a sentarse al lado de su hermano en la barra.

–¿Molesto?

–Tú no molestas nunca, pequeña dijo Jon-Jon pasándole un brazo por el cuello y apretándola sobre su pecho.

–¿Pequeña? Pero ¿de qué vas, tío? Te saco más de cinco dedos de cabeza. Agachándose se soltó de su hermano.

–¿Conoces a mi amigo Yago?

–Sí, claro. Es el que me ha traído el café.

–Eso ya lo he visto. Digo que si le conocías de antes.

–Le vi esta mañana cuando vine con papá.

Sentada en el taburete notó que le temblaban las rodillas y que las palmas de las manos se le cubrían de sudor.

–Ya, ¿y…?

–Me ha traído un café antes.

–Vale, hermanita, deja que te presente a mi mejor amigo.

Con mucha pompa y ceremonia, cogió la mano derecha de ambos y juntándolas dijo:

Blanca te presento a Yago. Yago te presento a mi hermana Blanca.

Esta vez pudo controlar la temblequera de antes y con voz solemne y algo entrecortada por la situación contestó:

–Encantada de conocerte, Yago.

–Lo mismo digo, Blanca.

–Bien, ahora que todo el mundo está encantado. Ya podéis soltaros las manos. Brindemos todos juntos para que esta amistad no se rompa jamás.

Yago soltó la mano y se apresuró en poner tres «taziñas» para brindar con un ribeiro de la casa.

Se habían quedado los tres solos en el bar pues hasta Manuel se había ido a comer a su casa.

–¿De qué os conocéis, Jon-Jon?

–Coincidimos en la posada de Santiago cuando me saqué el título de Patrón de pesca, él era el compañero de la habitación de enfrente.

–¿Y tú, Yago?

–Por imperativo paterno estudiaba Medicina.

–¿Estudiabas?

–Sí, estudiaba. Este año lo he dejado en segundo curso porque en junio me quedaron dos.

–¿No piensas continuar la carrera?

–De momento no. Trabajo con mi tío para reunir dinero y poder irme 6 meses por ahí a recorrer mundo.

–¿Y luego?

–Luego probablemente vuelva a retomar los estudios de Medicina.

–Es una pena que la hayas dejado una vez empezada.

–¿Te gustaría que la terminase? –dijo él cogiéndole una mano.

–Bueno,.. yo… Creo que… Sí, sí, me gustaría que la terminases.

–¿Por qué?

–Porque sí.

–¿Porque sí? Vale, si es porque sí, te prometo que me lo pensaré y antes de irme en agosto de viaje te digo cosas, ¿vale?

–Si te vas de viaje en agosto y decides seguir estudiando, ¿cuándo empezarías?

–Mujer, si decido seguir, no me iría y empezaría en octubre en Santiago.

–Ahhhhhh.

Ahora los latidos de su corazón no le dejaban escuchar la carcajada que soltaron los dos al ver su cara al decir «Ahhhhhh» y quedarse con la boca abierta.

«Esto no me puede estar pasando a mí», pensó. Tenía fama entre sus excompañeros de estudio de ser una mujer dura y algo distante cuando se trataba de sentimientos del corazón, y ahí estaba, sentada al lado de su hermano y con un perfecto desconocido delante de ella, que cada vez que la miraba o le dirigía la palabra la hacía temblar como si fuese un flan en manos de una persona con Parkinson.

–Ya os vale, ¿no? ¿Se puede saber a qué vienen esas carcajadas?

–Vienen, querida hermanita, a que tenías que haberte visto la cara cuando has dicho «Ahhhhhh». Te cabía una manzana en la boca.

Ahora era ella la que se ruborizó. Sintió que los pómulos le ardían mientras ellos volvían a las carcajadas. Sentía vergüenza de ruborizarse ante aquel hombre que acababa de conocer y que era capaz de hacerla sentir de esa manera.

Apoyada en la barra miraba a uno y a otro, les oía hablar, pero no les escuchaba, solo sentía los latidos de su corazón golpeándole el pecho y las sienes con tanta fuerza que pensó que de un momento a otro iba a explotar.

–¡Oh, vaya! ¡Qué tarde se ha hecho, Blanca! Tenemos que ir a casa a comer dijo Jon-Jon mirando su reloj.

–Es verdad, son más de las dos. Menos mal que papá dijo que no nos esperaría y que fuésemos cuando quisiésemos.

–¿Vendrás a jugar la partidita después de comer, JJ?

–¿Tú juegas, Yago?

–Manuel me ha dicho que si hay poca «parroquia» puedo jugar mientras no desatienda el bar. Con el día que hace y como no hay que preparase para salir mañana a la mar por culpa del tiempo, supongo que hasta las siete u ocho no se dejarán ver por aquí.

–De acuerdo, sobre las cuatro estaré por aquí. Ya dormiré toda la noche en vista de que mañana no habrá faena.

–Yo mañana tampoco curro. Tengo que ir a Santiago de papeleos.

–¿Y no vas a venir en todo el día? Su pregunta le sonó a suplica y de nuevo sintió el tembleque de sus rodillas.

–Vendré por la tarde. ¿Por?

–No, no, por nada. Simple curiosidad.

De simple curiosidad nada. Sin saber los motivos le aterró el pensar que tardaría más de veinticuatro horas en volverlo a ver.

–Venga, pues, que os aproveche y hasta luego.

De camino a casa, que se encontraba casi a la vuelta de la esquina, se agarró al brazo de su hermano y se puso a canturrear: Bailaches, bailaches, bailaches bailei, con ama do cura…

Juan se había quedado dormido en el sofá delante de la tele. Era todo un ritual. Comía en la mesa de la cocina, solo o con sus hijos. Al terminar llevaba su plato y vaso al fregadero, cogía una manta del armario del pasillo y se sentaba en un viejo sofá orejero con la manta echada por encima. Apretaba el mando de la tele y a los cinco minutos estaba roncando a pierna suelta.

Los dos hermanos entraron en la cocina y, tras cerrar la puerta para no despertar a su padre, dieron buena cuenta de los platos que había encima de la mesa.

–Menuda putada.

–El que JJ

–El no poder salir a la mar por el mal tiempo que han pronosticado que habrá.

–Sí que lo es, y más ahora que tenemos las navidades encima y andamos escasitos de recursos.

–Por eso está padre tan preocupado. Tenemos el motor secundario de la barca muy tocado, ya es muy viejo y el día menos pensado deja de funcionar sin previo aviso.

–Y tú, JJ, ¿también estás preocupado por lo del motor?

–Si te he de ser sincero, hermana, no pienso mucho en ello. La situación no es tan mala como papá la ve.

–¿No?

–Pues no, hace dos veranos se le cambió el motor principal y tiene vida para largo, así que creo que podremos navegar tranquilos unos cuantos años. Además, a finales de año si queremos ya podemos solicitar ayuda para cambiar el viejo.

–Entonces, ¿por qué está tan serio? Cuando vine al acabar la carrera este verano me di cuenta de que estaba muy cambiado y de que se había vuelto más reservado conmigo.

–¿Por qué no se lo preguntas a él?

–Tú sabes algo y no me lo quieres decir, mamón.

JJ soltó una risotada sonora.

–No es que no te lo quiera decir, Blanca. Lo que ocurre es que tiene que ser él el que te lo diga.

–¿Es serio? ¿Está enfermo? ¿Tiene cáncer?

–Sooooo, para, para, para.

–¿Que pare? ¡Cómo quieres que pare! Tú sabes lo que le pasa y no quieres compartirlo conmigo. ¿Papá sabe que tú…?

–Claro que lo sabe. Él mismo me lo dijo en Semana Santa.

–¿En Semana Santa y aún no me habéis dicho nada? Sois unos… unos…

–¿Unos qué, hermanita?

–Unos… cerdos. Y no me llames más hermanita, joder, que hace tiempo que he dejado de ser una niña para atenderos a los dos, capullo.

JJ se dio cuenta de que su hermana estaba muy dolida. Nunca la había escuchado soltar un taco y menos llamarle nada a él. Se fijó en ella y vio que hacía esfuerzos para no llorar.

Se acercó y la atrajo hacia su cuerpo para abrazarla.

–Perdona, Blanca, sabes que no puedo verte llorar y menos si soy yo el culpable. ¿Ya pasó? De verdad que a papá no le pasa nada, lo que le ocurre es que…

La puerta de la cocina se abrió de par en par y entró Juan, que al ver la escena se abalanzó a toda prisa hacia ellos preguntando.

–¿Qué pasa aquí? ¿Por qué está llorando tu hermana? ¿Qué le has hecho?

–Tranquilo, papá, no pasa nada. Está preocupada por ti, dice que desde que llegó no eres el mismo. Me ha preguntado si yo sé algo y al decirle que sí, pero que te corresponde a ti contárselo, no lo ha comprendido. Ahí es cuando tú has entrado en escena.

Juan hincó una rodilla frente a su hija y cogiéndole las manos quiso tranquilizarla.

–No me pasa nada, cielo…

–¡Papá!

–Te lo aseguro.

–¡Papáaaa!

–¿Qué quieres, hijo?

–Quiero que de una vez por todas hables con ella y seas sincero. No te va a morder. Es tu hija, no un perro.

–Ya sé que no es un perro… pero…

–Sin peros, papá. Necesito saber lo que te pasa, porque si no es difícil que pueda ayudarte.

–Está bien, hijos. Vamos a hablar y terminemos con esta situación.

La cocina era una estancia de tamaño considerable provista de dos ventanales inmensos de guillotina, de esas que se levantan hacia arriba y se sujetan con un pestillo. Uno de ellos miraba al puerto y a la isla de Creba; el otro hacia el monte San Lois.

La isla de Creba se encuentra situada a 240 metros de la costa de Muros y tiene una extensión de 7’5 hectáreas. Es de propiedad privada. En su parte más elevada se haya una casona, construida sobre las ruinas de la antigua capilla de Nuestra Señora de A Creba. Los dos puertos que tiene forman una pequeña dársena artificial.

Existe una leyenda muy antigua sobre la ermita que hay en la isla, que data del tiempo de los moros, y que dice que en la Creba había moros que tenían un templo de su falso dios. Los cristianos los mataron dejando sólo a la hija del jefe. Ésta invocó al demonio, quien levantó una tempestad, ahogó a los cristianos y separó la isla de la tierra. La mora se convirtió en una gran serpiente rodeada de fieras que hundían a los barcos. Los cristianos fueron donde un santo hombre que les aconsejó bendecir la isla y erguir la iglesuela de Nuestra Señora de A Creba.

Debajo del que mira hacia el mar había una vieja cocina de leña que hacía las veces de estufa y que calentaba toda la estancia. Tenía dos fogones de esos que se les quitan los aros en caso de querer tener más fuego con un hierro con un mango y la punta acabada en curva, que reposaba colgado de un gancho situado en un lateral de la cocina,

Una alacena en la pared, al lado de la puerta de una despensa, servía para guardar los utensilios para las comidas.

En el techo dos fluorescentes iluminaban todos los rincones.

Los tres se sentaron alrededor de la mesa de la cocina que se encontraba entre el hogar y la vieja alacena. Tras servirse unos chupitos de orujo Juan se dispuso a contarle a su hija la verdad de lo que le preocupaba.

–Veras, hija, hace…

Una fuerte racha de viento golpeó la puerta y la cerró de un enorme portazo.

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Un abrazo

Paco.

 

 

 

Acerca del autor: Francisco Gómez Canella

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